miércoles, 16 de enero de 2013

Del Realismo Mágico al Telerrealismo (La iconicidad de la utopía)

Por Luís Javier Hernández Carmona

Eduardo Naranjo. El sueño...















No hay identidad sin la presencia de los otros.
No hay identidad sin alteridad.
Marc Augé


Partiendo de la premisa: “la literatura es una realidad virtual que se representa y autorepresenta a través de lo imaginario”, propongo una revisión teleológica[ii] de la ficción como procedimiento cotidiano, desde el realismo mágico al telerealismo. Donde la capacidad de imaginar representará una iconicidad[iii] un ‘sueño’ bajo la connotación de lo sugerido por Charles Sanders Pierce (CP 4. 56). En ambos ‘eventos’[iv] estamos frente a la representación de lo real a través de la escenificación y yuxtaposición de planos escenáticos que constituyen cuadros para ser observados y padecidos por el espectador-lector[v], donde la ficción le permite ‘regularidad’ al imaginario y consolida su reconocimiento. Son planos secretos y segregados que mantienen una profunda afinidad; es la penetración en los mundos imaginarios, “representados como imaginarios y falsos, pero que pueden, si los consideramos bien, ser verdaderos” (CP 4. 512)

El realismo mágico tiene su ‘génesis indicial’ en el impacto y novedad que provocan las nuevas tierras latinoamericanas a los descubridores/conquistadores europeos[vi]. Posteriormente se convierte en legisigno, un cuerpo normado a través de la utopía y conciencia mítica latinoamericana, que se estructura paralelamente al pensamiento histórico (legisigno que sin duda se constituye en réplica del otro[vii]) y crea una dicotomía en cuanto a la ‘identidad’ latinoamericana’. La ficción se cotidianiza en el realismo mágico y produce la acepción del mundo desde la “extrañeza”, lo cual produce un código panóptico que involucra sus propias claves de sentido. En oportunidades, reescribe los mitos latinoamericanos, y en otras, recrea los grandes mitos de la humanidad a través de la cotidianidad que involucra el devenir histórico, tal es el caso de la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, que ficcionaliza la realidad latinoamericana entrecruzando los planteamientos bíblicos del génesis, el diluvio, y el Apocalipsis, entre otros, con la realidad histórica de los caudillos y patriarcas que asumieron la fundación de pueblos y ciudades. Y lo mítico-universal se localiza, adquiere ribetes y singularidades que legitiman lugares de la ficción, tal es el caso de Macondo o Comala, lugares de la ficción que se asumen como propios, cualisignos que a la larga se estructuran como iconos de un colectivo cultural. Es la posibilidad de asociar una palabra con imágenes que legitiman un realismo más allá de la realidad inmediata, realismo mágico que suscita sueños (CP 4. 56) y al mismo tiempo legitima realidades a través de la reinterpretación y reconstrucción “a la luz de lo posible”[viii] A través del icono descubrimos nuevas propiedades de lo real, “provoca en la conciencia la imagen del objeto externo” (CP 4. 447)

Esta singular situación, particulariza los interpretantes sobre América Latina, abriendo dos posibilidades: una, desde lo predictivo de la razón positivista que ha acompañado los estudios historiográficos, y la otra, dentro de la imprevisibilidad de la ficción, devenida de la imaginación como el gran escenario donde confluye la cotidianidad reinventada por los interpretantes y la multiplicidad de los sinsignos que se traducen en objetos dinámicos que generan el enriquecimiento progresivo y garantizan la supervivencia de la particularidad identitaria de América Latina.

El realismo mágico es la glocalización[ix] del Barroco europeo, la regionalización de una estética con pretensiones universales, que aquí se hace radicalmente mestiza, hibrida en su estructuración, múltiple en su significación, para deslumbrar a propios y extraños, y maravillar desde las conversiones de la cotidianidad en realidad mágica.  Ese es, a nuestro modo de ver, el detonante del Boom de la literatura latinoamericana. Porque el gran principio globalizador de América Latina fue la empresa de la conquista europea, la ciudad europea se reconstruye en estas tierras y propicia el surgimiento de una mixtura cultural que desde los sincretismos alienta la construcción de un nuevo continente.

            En el realismo mágico, una calificación identitaria para América Latina, el nombre es un signo de identidad. Se convierte en fábula indicial por la afectivización que se le da al espacio habitado, el cual asume un valor documental – argumentativo que le produce a la vida una alta densidad material. En este sentido, el realismo mágico puede considerarse un hipoicono: la gran metáfora de la identidad latinoamericana, el imprevisible recipiente desde donde surgen elementos que propician la diferencia, constituyen espacios del imaginario donde la historia pierde sus cánones y se vuelve mágica, conviviente con las personas que mueven entre los límites de la realidad y la ficción. Aquí la literatura se convierte en un recolector de indicios a través del choque entre realidad y ficción, para crear desde lo reflexivo. Es el ingreso a la alteridad para lograr la identidad a partir de la ficción. Asumiendo que es tan real el objeto que se tiene, como el que se evoca.

            En la evolución de la ‘aldea cósmica’ a la ‘aldea global’, el telerealismo asume una nueva forma de ficción desde la ficción misma. Porque en el telerealismo, el ‘argumento’ proviene de la autoescenificación de uno mismo, donde los entes de papel de la ficción literaria, son personajes reales que representan su vida cotidiana en escenarios simulados. La intención fluye en la dualidad de: mostrar la ficción, y al mismo tiempo, reafirmar la realidad filmada, en la constitución de una acción explorativa. El telerealismo ha ido desde la escenificación de películas y telenovelas, a lo interactivo, donde el gran actante es el personaje devenido de la realidad misma, de la cotidianidad mostrada sin artificios sino ambientada en sus escenarios habituales, en sus lugares comunes[x].

Empatía desde la cotidianidad, reproducción de los espacios comunes e inversión de los roles; me reflejo en el otro para ser yo mismo; la mismicidad del ser a partir del otro en la representación de la vida misma. Y esos lugares comunes se han intercambiado, los espacios de la ficción, preponderantes en los inicios del cine, se ha hecho domésticos a través de la televisión, que los autorepresenta con personajes reales que compiten por permanecer en ese lugar, creando toda una sinergia con el público que se solidariza con su apoyo o se divide en sus preferencias, pero en ambos casos, ‘interactúa’ con el espacio que rompe los límites entre la realidad y la ficción. A decir de Marc Augé; “La mejor manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito de los reality show."[xi]

            Los espacios del telerealismo se convierten en un inmenso espejo donde me reflejo tal y como soy, con virtudes y carencias, en el desenvolvimiento cotidiano y no en el extrañamiento que causa lo fantástico sustentado por soldados invencibles o superhéroes con cualidades sobrehumanas. El telerealismo deja abierta la posibilidad de ser ‘quijotes’ para salir a buscar un sueño dentro de mi mismo espacio, hacer una proyección de mi interior en un profuso espejo que me refleja tal y como soy, permitiendo una reafirmación de mi mismo[xii]. El escenario de la ficción es la vida cotidiana que sirve de ‘recurso escenático’ para elaborar ‘un retrato de la vida humana’. Es, siguiendo a Andacht, Macdonaldizar el ámbito de vida[xiii] hacerlo creíble, legal y pertinente, para legitimar la realidad que se expone a través de la televisión. La vida cotidiana se constituye en hipoicono; “de por sí son autosuficientes, sin etiqueta ni representación simbólica” (CP “. 276)

            En el telerealismo la ficción de ingresar a los espacios de la ilusión y el sueño se hace alcanzable, la utopía realizable; el premio conquistado es el umbral para salir del anonimato cotidiano y convertirse en prototipo de lo que puede lograrse. Porque la premiación permite balancearse entre la ilusión y la realidad, los objetivos que se alcanzan con la superación de las pruebas y sacrificios, son recompensados con el ingreso al mundo de la fantasía, donde la ficción se vuelve realidad, y la realidad sigue lindando los bordes de la ficción.

            Esta alternabilidad entre realidad y ficción que puede percibirse en el telerealismo, la prefiguró Felisberto Hernández en su cuento el Acomodador[xiv]. En este texto existe un veedor de la ficción que “era feliz viendo”, un ente de papel que tiene la cualidad de observar a todos, y a través de indicios, reconstruye una realidad que media entre lo real y lo ficticio. Y al mismo tiempo él es un indicio para la configuración de los espacios de la ficción.  Desde la primera persona, el narrador-personaje recorre todas las instancias indiciales: “encuentra conexiones inesperadas” y las va “acomodando” en del decurso de la narración; es el acomodador de un teatro, espacio donde se entrecruzan la realidad y la ficción, espacios que son unidos a través de las correrías del acomodador que estrecha las relaciones y produce la iconicidad.

            Pero el oficio de veedor, lo traslada hacia su cotidianidad y hace de los espacios, lugares comunes para ver la vida como un gran teatro; “yo hacía una pantalla del diario y me acostaba con la cabeza hacia los pies” o cuando asiste a un comedor gratuito: “casi tan grande como un teatro”; la incausalidad invade los espacios de lo ordinario. En el comedor conoce el dueño que da alimento a sus semejantes y los acompaña a comer una vez al mes como un director de orquesta que dirige el “silencio”. Y en esa analogía, el acomodador imagina los objetos como instrumentos musicales que él ejecuta, mientras proyecta la visión del ahogamiento de la hija del “director del comedor”. Y al unísono las realidades virtuales se suceden encabalgando los “eventos ficticios” que crean una historia textual desde la alteridad[xv]. Donde la palabra se vuelve acción de inmediato, solidificando su valor predicativo, tal es el caso del hombre gordo que grita en el comedor “Me voy a morir” y en el acto cae muerto, mientras los utensilios de la mesa se humanizan; “los cubiertos dejan de latir”, se escucha “picotear los cubiertos”; los objetos conforman un mundo que se autonomiza a través de la ficción y animación del acomodador, que a ratos se perfila a manera de un proyector de películas, quien hace “circular” la ficción: “No me quedaba duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había desarrollado desde hacía mucho tiempo”.

            Entonces surge la metáfora del silencio como el elemento posibilitador de que el acomodador pueda convertirse en objeto; “Mis compañeros de trabajo tropezaban conmigo, y yo empecé a ser un estorbo errante. Lo único que hacia bien era lustrar los botones de mi frac”; y convertido en objeto puede ingresar al espacio de la ficción[xvi], que recurrentemente está referido a la noche; “Cada noche yo tenía más luz. De día había llenado la pared de clavos; y en la noche colgaba objetos de vidrio o porcelana: era los que veía mejor”. En el vidrio está la proyección de su propia luz, porque a mayor capacidad lumínica, mayor ampliación de las posibilidades del ingreso al espacio de la ficción que se encuentra en la habitación llena de vitrinas cargadas de objetos, ubicada en el comedor colectivo. Esa habitación es resguardada por un mayordomo que parece un “bicharraco”, que es convencido por el acomodador para demostrarle que ve en la oscuridad, y que bajo coacción, el mayordomo lo deja penetrar en el espacio de lo ficcional, en la realidad virtual contenida en las vidrieras y los objetos expuestos. Y en ese espacio de la observación y la incausalidad se encuentra con la hija del dueño del comedor que lo hace “verse como un muñeco”, consolidarse en la iconicidad de la ficción, en el espacio de lo otro, donde es posible la contemplación de los objetos en movimiento, y que a la postre otorga la lógica del sentido al cuento. Es la conversión del “mundo de los hechos” y el “mundo de la fantasía” (CP 1. 321)

            En el espacio del éxtasis y el paroxismo, el personaje narrador se siente transportado a una dimensión que lo hace proyectarse hacia una regresión de su vida y aletargarse con profunda nostalgia en su infancia. Y esa evocación es una supervivencia semiótica (Andacht. 2006) que a la vez es un autoreconocimiento de su parte humana que aun queda latente en la cosificación ficcional. Porque a medida que ocurre a las citas en la habitación del artificio, la cosificación de los cuerpos se hace mas persistente, el acomodador se hace imperceptible para sus semejantes, mientras que se ilumina con mayor intensidad en la ficción; cuyos espacios lo devoran y lo llevan a la fragmentación  y tragicidad; lo inesperado (CP 5.539) aparece en escena cuando la hija del dueño del comedor se fragmenta frente a él, colmándolo de horror, creando el caos[xvii] y desconcierto que provoca la intervención del mayordomo, quien al encender la luz, permite que el cuerpo de la muchacha se reacomode, e intervenga el padre recomponiendo el orden. Y el acomodador es echado de la casa sutilmente, sin insultos, sino con una apelación a su conciencia, que es mediada por la caída de una mandolina desde una vidriera, que a su vez se constituye en elemento indicial del destino final del acomodador; que se convierte en un instrumento musical: “Yo también me di vuelta y empecé a cruzar el comedor haciendo sonar mis pasos; era como si anduviera dentro de un instrumento”. Y a partir de ese momento se establecen los límites entre la ficción y la realidad; los objetos le parecen ridículos y la luz que proyectaba desaparece paulatinamente. La ficción decrece con el discurso narrativo, el relato se extingue paralelamente a la luz productora de alteridad y ficción, la palabra se homologa con la luz, y la literatura es la gran vidriera donde se mueven los objetos al antojo del acomodador. Es el “Estado Naciente de lo Real” (CP 5.462) que sirve de argumento para constituir el texto literario, el vuelo de la imaginación que se homologa a través de lo histriónico. Llenar un mundo de significación para que “signifique algo para alguien en algún respecto o capacidad” (CP “.228) es el gran objetivo de la literatura, y por que no, de la vida misma. Aquí la literatura se constituye en interpretante del representamen de la ficción (CP 2. 228)

El espacio del cine[xviii] y las vidrieras para el acomodador en Felisberto Hernández se convierte en una fábula indicial, espacio desde donde se produce toda la acción y recurrencia ficcional desde la vida cotidiana. La ciudad como espacio semiótico se constituye en una fábula indicial. Se convierten en espacios productores de ficción; considerando la ficción como: “el universo de lo auténticamente falso” (Andacht. 2006) que constituye las tramas literarias que se convierten en la legitimación de los mitos, en la cotidianización del referente fantástico, tal es el caso de Cien años de soledad y “el acomodador” de Felisberto Hernández. Mientras en el reality show, “lo representado es falsamente auténtico”. (Ídem. 2006)  Podemos hablar de una fábula urbana con un profundo valor testamentario - documental; mientras en el realismo mágico nos estamos refiriendo a la fabulación de los espacios telúricos que intentan otorgar una identidad al continente a través de la extrañeza y alteridad, el mito que se une a los rescoldos del impacto y la novedad que aun conservan los europeos de América Latina como espacio de la utopía; recordemos los intentos de Tomas Moro y Campanella por fabular sobre una tierra nacida desde la incógnita. Entre el realismo mágico y el tele-realismo se produce una dialéctica del imaginario[xix].  

Son Signos fronterizos que median entre la identidad y alteridad. Es la producción de un altericidio (Andacht. 2006) donde se liquida al otro, y al mismo tiempo supone un alejamiento de la realidad. Donde sus telos, marcan la direccionalidad que intuyen sus propósitos. Y la verdad se configura en la revelación de la realidad, una verdad mediada por la cotidianidad y la ficción, al ser estos los principales constituyentes de la realidad que se intenta representar en ambos escenarios (la literatura y el telerealismo). Cotidianidad y ficción se constituyen en los “objetos dinámicos” que generan las posibilidades de significación, al propender a la disponibilidad de los interpretantes. Esto es, la configuración de la terceridad; los fenómenos de terceridad se caracterizan por las posibilidades de significación, las capas de sentido siguen agregándose. Cotidianidad y ficción se convierten entre el realismo mágico y el telerealismo en sinsignos por la recurrencia en la singularidad, en la repetición dentro de estos dos legisignos, como el destino y la consolidación de lo que se concreta.

Entramos en las fronteras del signo en función a las ambivalencias, (ficción- cotidianidad) es la externalidad, estructurada en la relación del yo con el mensaje, el yo – lector-consumidor-espectador trasvasado por la nostalgia. Es la percepción fenomenal de lo que tenemos frente a nosotros como algo que es parte de nosotros mismos; “tal como un arco iris es al mismo tiempo una manifestación tanto del sol como de la lluvia. Cuando pensamos, pues, nosotros mismos, tal como somos en ese momento, aparecemos como un signo.” (CP 5.283). Y al unísono, cotidianidad y ficción se nos revelan como una coalición de signos que comparten sus fronteras, abordan sus límites, para que los interpretantes dinámicos descubran los secretos ocultos tras el velo de la imagen icónica y  nos dejen ver en maravilloso juego semiótico, todo aquello que existe para ser interpretado.




[i] Este trabajo es producto del Proyecto de Investigación NURR-H-516-11-06-B, financiado por el CDCHTA de la Universidad de Los Andes. Venezuela.
[ii] “La ocurrencia del interpretante como un efecto del signo como tal, y por lo tanto como dependiente del signo más que del acto de interpretación del signo” (Ransdell. 9)
[iii] Iconicidad bajo el fundamento del icono como elemento que facilita al intérprete las probabilidades del objeto para su existencia como tal (CP 4. 447)
[iv] Eventos en el sentido perciano; evento como representación de otro evento que procura otra representación. (Debrock. 1991: 55)
[v] Según Pierce, “la realidad es persistencia” (CP 1. 175)
[vi] Recuérdese el surgimiento de América Latina a través de las crónicas, elementos de historia ficción que subjetivizan el hecho histórico y le dan profundas connotaciones de real-maravilloso
[vii] (CP 2. 246)
[viii] Fernando Andacht. “El lugar de la imaginación en la semiótica de C.S. Pierce”.
[ix] Fernando Andacht, lo introduce para indicar la adaptación regional del programa televisivo Gran Hermano.
[x] Refiero a la categorización de Marc Augé.
[xi] Entrevista concedida por Marc Augé al Diario La Nación.
[xii] Las teorías de Lacan siguiendo a Freud, han ahondado en esta temática del reflejo del yo en el otro. Enmanuel Levinas, aduce que logro mi identidad en la solidaridad con el otro que soy yo mismo.
[xiii] Fernando Andacht. “Elementos semióticos para abordar la comunicación visual e indicial de cada día”
[xiv] Para las referencias, utilizaré la edición de Biblioteca Ayacucho. Caracas. 1985
[xv] El narrador-personaje logra la identidad a través de la alteridad, la alteridad convive con lo cotidiano. La alteridad es una autorepresentación. 
[xvi] Los participantes en el telerealismo también deben convertirse en objetos para ingresar a los espacios de la ficción. Objetos que son observados y observables por un público que permanece más allá de los espacios simulados
[xvii] Esta circunstancia se constituye en Terceridad. Al propender al orden y producir el desencadenamiento de la historia textual. (CP 6.97,6.298)
[xviii] En nuestro caso, el cine como espacio de “alteración y modificación” (Lefebvre – Furstenau)
[xix] Bazin. 1985




Referencias bibliográficas

Andacht, Fernando (2002) “Big brother te está mirando: la irresistible atracción de un reality show global”, en Ética, Cidadanía e Imprensa. Sao Paulo. Mauad.
_______________ “Elementos semióticos para abordar la comunicación visual e indicial de cada día”. Programa de Pós-Graduados en Ciencias de la Comunicación. UNISINOS.
_______________ (2003) “El irresistible poder del hipoicono en la vida cotidana”, en: De signis. Vol. 4.
_______________ (1996) “El lugar de la imaginación en la semiótica de C.S. Pierce. Anuario Filosófico. N° 29.
Debrock Guy (1991) “La información y el estatuto metafísico del signo”, en: Comunicación y sociedad. Vol. IV. Nums. 1 y 2. España. Universidad de Navarra.
Goffman, E. (1977) “La ritualisation de la féminité”, Actes de la recherce en science sociales, págs. 34-50
Hernández, Felisberto (1985) Novelas y cuentos. Caracas. Biblioteca Ayacucho.
Lefebvre Martin, Furstenau, Marc. “Digital Editing and Montage: the Vanishing Celluloid and Beyond”. 
Pierce, Charles. Collected Papers of Charles S. Pierce, vols. 1-6, C. Hartshorne and P. Weiss (eds), Vol 7-8. Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1931-35



Luís Javier Hernández Carmona (Boconó, Venezuela, 1957) Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura. (ULA), Magíster Scientiae en Literatura Latinoamericana (ULA) y Doctor en Ciencias Humanas (LUZ). Es profesor Titular de la Universidad de los Andes. Editor-Jefe Fondo Editorial “Mario Briceño-Iragorry” (ULA-NURR). Miembro Correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua (correspondiente de la Real Academia Española). Ha publicado varios libros sobre diversos autores de literatura latinoamericana y venezolana, entre los que cabe resaltar: Mario Briceño Iragorry, Adriano González León, Antonio Pérez Carmona, Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, entre otros. Es colaborador de las revistas: Cuadernos Americanos, Gaudeamus y Escritos de México; Silabario de Argentina; Cifra Nueva, Letras, Literatura Hispanoamericana, Actual, Ágora, Utopía y praxis, de Venezuela. Entre los reconocimientos obtenidos, se pueden destacar: Primer lugar concurso nacional de narrativa IPASME (1993), Primer lugar concurso nacional de poesía IPASME (1994), Premio Nacional de Ensayo Alcaldía de Valera (2003), Premio Nacional de Ensayo CONAC (2004) y Mejor libro ensayo literario, CENAL (2006).



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