lunes, 6 de agosto de 2012

Plano

Por Roberto Echeto
Kandinsky, Negro y violeta

















Flatland era una discoteca suprematista. Los polígonos de ambos sexos acudían a sus espacios a pasar un rato de solaz. Quien la visitara, encontraría a lo más granado de la geometría euclidiana. Ahí, en ese universo, todos eran felices. Un cuadrado y un triángulo se besaban en un rincón. Un hexágono azul y un pentágono amarillo bailaban frenéticos entre decenas de rombos de todos los colores.


Los círculos negros servían tragos y miraban; se sentían felices porque Flatland siempre estaba llena. Lo que hicieran aquellos seres con sus catetos, a los círculos les traía sin cuidado, siempre y cuando no hubiese disparates. Desmán que se presentara, desmán que había que sofocar. Por eso no tuvo nada de raro que los dueños de la discoteca se concentraran en tres triángulos que discutían en un rincón.
—Páganos —gritaba el escaleno.
—Páguenos, hermano. No exalte aquí a Abbott porque usted no sabe lo que le puede pasar —dijo el isósceles en tono conciliador.
—¡Páganos o te mato! —El triángulo equilátero estaba asustado. Aquellos gritos le transfiguraban la hipotenusa al escaleno.
—Ahorita no puedo.
—¿Cómo que no puedes? Páganos o aquí mismo te destrozo.
—Ya va, Abbott, espérese. Aquí Rothko quiere negociar. ¿No es así?
—¡Bah! Quítate. A éste hay que torcerle los ángulos.
—Le dije que se esperara. Vamos a dialogar. Si no funciona el diálogo, usted hace lo que tenga que hacer.
—Habla tú…
—Sí, hablo yo. Ahora quédese quieto un momento para hablar con el amigo —el isósceles se volvió hacia Rothko y le dijo—: Perdone. Ya ve lo exaltado que se pone cuando no le pagan. Denos lo nuestro y listo: no ha pasado nada.

Rothko no dijo palabra. Tan sólo miraba al cuadrado negro que besaba al triángulo en un rincón oscuro. Si Abbott y Theo veían a Kasimir con Lula, se armaría la grande. Lo que le hicieran por la deuda, sería pequeño al lado de lo que podría pasarle si esos dos se daban cuenta de que su amigo se refocilaba con la novia del siempre exaltado Abbott. Por eso hizo lo que le pareció más inteligente.
—¿Saben qué? Tengo casi todo lo que les debo en el vehículo. Vamos a buscarlo y quedamos bien por hoy, ¿sí?
—¡A mí me pagas todo, triángulo imbécil! ¡Todo! ¿Me oíste?
—Ya va, espérese, Abbott. Espérese. No se alebreste. El amigo le está ofreciendo un trato y nosotros no somos unos salvajes. Vamos a ver cuánto trae y después vemos. ¿Qué le parece?
—Que si no me paga, lo mato.

Los círculos negros se sintieron satisfechos cuando los tres triángulos abandonaron la discoteca. Por si acaso, Kupka, el círculo más viejo y de mayor jerarquía, le pidió a Rattner que se diera una vuelta por el estacionamiento. Con ese escaleno y ese isósceles cualquier cosa podía pasar.

Una noche, Abbott y Theo entraron al baño. Kupka los vio, esperó un rato y, al ver que no salían, envió a Rattner, a Rodchenko y a Albers a ver qué estaban haciendo esos triángulos.
—Sodomitas en este negocio, sólo en la pista de baile, Rattner. Sólo en la pista de baile.

Cuando los dos círculos y el dodecágono entraron en el cuarto de servicio, vieron que Abbott vomitaba y que Theo le hablaba a la pared. La escena no habría pasado a mayores, si al isósceles no le hubiese dado por romper el lavatorio mientras gritaba algo sobre una sedición en tres dimensiones.
—Las drogas hacen mucho daño —fue lo único que dijo Kupka, cuando Abbott fue a pagarle los destrozos que produjo su amigo. Kupka aceptó el dinero y les permitió a Theo y a Abbott que volvieran a Flatland, pero siempre los mandaba a vigilar. Con tipos como ésos nunca se sabía.

En el estacionamiento, Rothko revolvió uno de los vértices de su vehículo rectangular hasta que extrajo un pequeño cuadrado gris.
—¿Qué es eso?
—Lo que me pidieron.
—Ábrelo tú. Yo lo que quiero es romperle el coseno a este imbécil.

Theo sacó los billetes amarillos que estaban dentro del cuadrado gris y se puso a contarlos.
—¿Cuánto hay? —Preguntó Abbott.
—Casi todo. Faltan ciento treinta.
—¿Está bien, no?
—¿Bien? —Y le lanzó un golpe a Rothko.
—Lo que falta se los pago el viernes. Denme hasta el viernes.

Rothko se equivocó. Aquellos infelices no lo dejarían en paz. En el momento en que creyó que podía irse, el isósceles y el escaleno lo tiraron al plano de asfalto y lo golpearon en el seno, en la altura y en sus tres lados, hasta ese día, armónicos. Rothko se reía porque mientras a él lo azotaban, su mejor amigo le humedecía los vértices a la novia del más eufórico de sus verdugos.

Kasimir permanecía junto a Lula, pero se fastidiaba. La música era un escándalo sin fin que le tenía la diagonal revuelta. Por eso dijo:
—Cariño, ¿nos vamos?
—¿Por qué? ¿No la estás pasando bien?
—Sí, claro. ¿Contigo quién no la pasa bien?
—¿Y entonces por qué te quieres ir?
—Anda, vámonos. 
—No. Yo quiero quedarme un rato más.
—Pero, ¿no quieres venirte conmigo a otro sitio?
—¿A dónde?
—No sé… A un sitio más tranquilo.
—Ay no, mi vida. Hoy quiero bailar.
—Pero, Lula, tú y yo juntos… solos…
—Todos son iguales: te alejan de la música, te encierran en un cuarto, te ponen a hacer de todo y terminas desnuda y muerta de hambre viendo las Transmisiones Oceánicas. Esta noche no. Yo esta noche quiero bailar. Si tú no quieres bailar, papito, nos vemos otro día y no ha pasado nada.

A Kasimir no le gustó aquel discurso, pero no dijo palabra. Ella le dio un largo beso y se perdió en el mar oscuro de rombos y triángulos bailarines. Por un momento pensó en devolverse, pero lo reconsideró. Aunque se muriera de ganas por acariciarle la mediatriz a aquella belleza triangular, lo mejor que podía hacer era retirarse.

Mientras pagaba la cuenta, Kasimir se puso a conversar generalidades con Tatlin, un círculo gris cuya especialidad era preparar los tragos que todo el mundo celebraba en Flatland. Ahí lo abordó Kupka.
—A tu amigo lo están abatanando allá fuera.
—¿A quién?
—Al equilátero que siempre anda contigo.
—¿A Rothko?
—Sí. ¿Tú sabes por qué lo están moliendo a palos?
—No. ¿Por qué?
—Si no sabes tú, ¿cómo voy a saber yo?
—Ni idea.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Resuelve eso lejos de aquí. ¿Entendiste?
—Sí.
—¿Me entendiste? —Y señaló hacia Lula.
—Sí.
—Ya Rattner debe haber puesto en su sitio a esos dos. Anda a ver a tu amigo.

Cuando Kasimir llegó al estacionamiento, Rothko estaba convertido en un garabato en el plano de asfalto y Rattner volvía a la discoteca con un rasguño bastante feo en el radio.

El escaleno y el isósceles se habían esfumado.

—¿Y el dinero? —Preguntó Kasimir.
—Se lo llevaron.
—¿Todo?
—Sí.
—…
—¿Y Lula?
—Bailando sola allá dentro.
—¿Y tú?
—Aquí, viéndote la hipotenusa inflamada.
—¿No te la ibas a llevar a tu casa?
—¿A quién?
—A Lula, estúpido.
—No quiso.
—Qué cagada. Somos un fracaso.
—Un miserable y gigantesco monumento al fracaso.
—Mejor nos vamos. Si seguimos aquí, lo más probable es que nos ocurra otra desgracia.
—Vámonos.
—Otro día será.

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