lunes, 6 de agosto de 2012

El patio


Por Israel Centeno 
Diana Coca, Made in China





















Me di vuelta sobre la cama, abandoné la almohada y caí al suelo.

Era hora de levantarme.

Hacer café, comenzar a discurrir por el largo día. Sitiado por la rutina, ensimismado en la tarea de regar el jardín. Vencí el entumecimiento del cuerpo. El letargo, las últimas quejas no satisfechas.


Cada vez es más difícil satisfacerlo,  saciar sus necesidades, siempre por encima de las fuerzas.

Le di vuelta a la manilla  y dejé correr el agua a través de la goma, iba cobrando vida como un gusano verde y liso, fluía la fuerza a través de ella; estallaba  sobre la sedienta tierra, la yerba oportunista;  finalmente al levantar la manguera y tapar con un dedo el extremo del ducto, se abrió el chorro de agua en una lluvia diversa, y sostenida sobre el campo.

Su espalda, sobre su espalda. Mi pecho.

El jardín se ha constituido en un lugar donde me pierdo en los días largos del verano, entre las abejas y la sexualidad vegetal del fondo de la casa. Derramo sobre él, mi sudor o una pasión proscrita. He necesitado vencer al deseo y dejar fuera al miedo. Hay una relación entre el deseo y el miedo; es cierta, inefable, fuerte y trascendente.  Pero es perturbada por la explosión interior y el desplome veleidoso de un tiempo mejor, puesto sobre el lienzo donde cultivo las  más reticentes miradas nostálgicas.

Sus hombros, contra su cuello. Mi boca. 

Ya no soy quien solía ser, te repites y lanzas sobre los rosales, los geranios y la hiedra medrosa toda la fuerza de una insípida trasparencia que retalla a borbotones en roseta  desde la goma hacia el territorio venéreo de la mala yerba. Meterse en un jardín, hacerlo de repente, un día cualquiera, es una de esas sorpresas que abordan sin asombro a un bucanero más allá de la mitad de su vida.  No soy un maldito cultivador y sin embargo le he encontrado gusto a abrir surcos con los dedos al tapiz pardo, llenar de simiente la tierra, empaparla, correrme sobre ella y hacerla originarse en los brotes; florecer y cubrir de piel al terreno.

Sus dedos, sus labios, la depresión sobre el esternón.

Mientras me desempeño en esas jornadas tristes aparece la luz. Una pequeña y titilante ilusión, un hada.
 Algo inquieto. El olor genital y la gracia femenina de la ausencia. Los girasoles se enciman, se transforman en sombras monstruosas de tiranosaurios que largan sus brazos desiguales sobre la tristeza  en la que me he convertido.Una lasitud entregada a morir en la umbría de un peral, agotado por el arresto de una virilidad negada a sucumbir a la luz  vulgar de un burdel, empeñado enescudriñar entre las hojas de los rosales a una temblorosa criatura confundida entre las emisiones del fuego diurno, el recuerdo o la inapelable realidad.
Comienza la acción. Al salir retraigo con el tronco sus labios, y vuelvo a hundirme en la carne demandando el peso de mi orquídea.

Si sólo fuese de noche, pienso. Me seco el sudor y la veo  aparecer en el salón de baile de la fiesta de brujas. 

Vuelvo. Cabalgo un invierno temprano.Hace un año, o dos, me disfrazan los arrestos conquistadoresde unasoberbia negada a morder el polvo, me serví un trago; la velada estaba aburrida, cada quien iba con un disfraz e intentaba encontrar diversión en los rituales tontos de las convenciones ocurrentes. Conversaciones cortas e idiotas. Una oportunidad para ver si terminas en la cama o en el porrón de alguien. Tres mujeres y un par de hombres pocos entretenidos, cinco liebres, tres ratonas y una perra con cervezas y vasos de vodka en las manosrecibíana los invitados en una pequeña casa al frente del cementerio; dos gladiolos seleccionaban la música, dos abejorros, un moscardón y un estúpido zombi.A pesar del triste cuadro, la cosa iba más  allá de la obstinación ritual o de la ironía,dos tragos, y una porción de pizza;  ni siquiera sentí el reto de transformar la situación en una escena alegre.

Respiré e hice un sonido patético; me dispuse a emborracharme hasta perder la noción de la realidad.

Entonces entró la pequeña, diminuta y delgada, vestida de Marilyn, con su falda de vuelos y calzando tacones de aguja.Acusé el golpe del guante y me sorprendí diciéndole en su idioma, usted puede caber en la caricia de una sola de mis manos.Puedo deshojarla sin rudeza, abrir sus caminos con mis dedos.
O puedo destruirla.

Lo apreciaría, lo disfrutaría, me babearía sobre una almohada mientras lo hace, susurró.

Comencé a planificar acercarme. Ella  se movía tensa por toda la habitación disfrazada de luciérnaga.El tono de la velada se dilató cruento en su sonrisa y suslos ojos ávidos proyectaban una imagen, su cara contra la almohada, los golpes de cadera contra sus nalgas,  los movimientos de sus manos convertidas en garras. ¿Ávidos de qué? Sentí una gran angustia, quería ser el objeto de su hambre, de su inquietud, de su necesidad porabrevar, comer o entrometerse con danzas y devastaciones en mi vida.

Aunque cabía en una caricia no era manejable, logré rebasarla. Sus pezones erectos bajo la blusa de tafetán le dieron a mi fatiga un motivo para vencerse,  disimularse, empinarse y buscar el salto largo hacia las aureolas que lo rodeaban.Sus piernas  tintineaban el azoro, delgadas, trabajadas sobre las colinas de los parques, afanadas en jornadas patrimoniales de yoga.El final y el comienzo se  delinearon como una serpiente en aquella habitación donde acostada sobre una meridiana de mimbre se convertía en una emperatriz mensurable.  Eché mano atodas las mañas de quien ha envejecido con previsiones lascivas.Aventajé al fuerte torrente endurecedor de mi pene, con la plena conciencia del cosquilleo sobre mí lengua,  la fuerza fundadora dela barbilla,  la sutileza del envés de las manos y la sabiduría puntual de la yema de los dedos.

Esa luz iridiscente e inquieta fuetodo lo que quise entonces. Todo lo que querría después.

Bebimos un trago, otro y luego las escenas se volvieron confusas, sólo se podía sacar en limpio la abrumadora necesidad de la consustanciación avara, sucia, inalterablemente instintiva.

Recorrí el durazno.

Fui abriendo al loto, la alcachofa, un trozo de carne cruda y tibia, sangre palpitante,  rosa encarnada, centro devorador de la vida. Ella, más salvaje aún,  se abrió para tragarme desde su espaldaempinada, con el pequeño culo al aire, urgido de un cubrimiento bestial: al final, la muerte. El vértigo y los aromas de la aniquilación.

No quería volver.Deseaba quedarme con labruja, bajo sus puentes; anclar por siempre liado por todos sus labios,fuera del letargo de los demás. Allá en el fin de las cosas,  en el infinito de nosotros, entre los tatuajes expuestos sobre su piel.

Una gran tontería.

Se difuminó el encanto detrás de la jarra de ponche y me quedé deshabitado.

Pasaron los meses, los muérdagos desaparecieron y  con ellos las ganas de sostenerme vivo, de ser terco con los rescoldos de la juventud. Moro en una casa de laberintos de madera, entre jorobas de libracos inútiles,  hastiado por los vapores de la incertidumbre de los ocasos, bajo las sombras de los despojos.Apenas puedo con los dolores.Debo golpearme cada mañana contra el piso para continuar, ahogarme en café y darle vida a  esa vulgar manguera,  humedecer la aridez del jardín, eyacularagua transparente, intentando entrever al ímpetu, la fuerza y la necesidad de aquella tímida y pequeña refulgenciasugerida desde la luz y la nada, entre elflorecimiento de las rosas y el recuerdo de una noche de brujas. 

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