martes, 10 de julio de 2012

La historia de Romero

Por Norberto José Olivar


Gráfica 4wmagazine.com






















***

Gómez se incorporó de un brinco y prendió la sirena de la patrulla. La Central ordenó perseguir a un trío que acababa de asaltar la Agencia de Bella Vista del Banco Occidental. Se dirigen a la calle Venecia... ¿Escuchó la radio compañero?, ¡al fin dios nos sacó de este aburrimiento! Ve, Aveledo, eso de que la delincuencia anda deprava’ como que es puro cuento, hace quince días que ando en la calle y apenas es ahorita que nos sale un poco de acción. Y apurate, coño, que se adelantan los de la PEZ. Y el otro atolondrado con el volante, en dirección a la Venecia, que no se preocupara, que tarde o temprano sabría lo que era entrarse a tiros con malandros, y mejor que fuera bien tarde porque este trabajo de mierda lo buscó porque andaba pelando bola. Cinco años de universidad, una licenciatura en Administración y miren donde fue a parar por mala leche. Eso de andar de Batman y Robin no era con él, ¡ni de vaina!, son locuras tuyas, Gómez, que tenéis la cabeza de adorno por lo visto. Pero no vais a negar, Aveledo, que ser polimaracaibo es una nota, uniforme arrecho, un pistolón virguito que hay que usar pronto pa’ que no se joda, ¿qué más queréis?, hasta este Toyota que es una nave con aire y todo, las carajitas se chorrean apenas llego al barrio, que si no fuera por la Andreína que me fregó con la barriga, te digo, las ensarto a todas. Lo que pasa, Gómez, es que todavía sois un carajito, tenéis mente e’ pollo, dejá que te nazca el chamo y te encariñéis, se te van a pasar esos grillos de Rambo que tenéis… ¡Dale por la derecha, Aveledo! ¿Estáis oyendo los tiros? ¡Se nos adelantaron, coño! Tranquilo Gómez, esos no son ningunos tiros. Dale rápido, Aveledo, más rápido, a ver si agarramos algo. Los sospechosos andan fuertemente armados y se dirigen hacia la avenida El Milagro en un Malibú blanco, ochenta, con vidrios ahumados. Si no te apuráis se escapan, Aveledo, no seáis tan cagao’ que nadie se muere antes de la hora, ¿no escuchaste que andan “fuertemente armados”?, no te portéis como un idiota, Gómez, si llegamos le echamos bola, pero no vamos a ponernos de carne e’ cañón como unos pendejos, en eso andan todos, te lo aseguro, esperando a ver quién empieza a soltarle tiros a los coños, ¡llamalos güevones!, ¿entendéis cómo es la vaina, Gómez? Estáis jodío e’ la cabeza, Aveledo, entonces los policías son una cuerda de maricas, si eso es así como vos contáis. No lo veáis de esa manera, Gómez, la cuestión es que la mayoría estamos casados, tenemos hijos, que bien bolsa seríamos si arriesgamos el pellejo por nada, habláis así por lo novato, después te vais a dar cuenta cómo es la cosa. Ojalá nunca me dé cuenta, Aveledo, lo que yo veo es a una partía de cagaos, más nada.


—Colegas, por favor, si me prestan atención podríamos organizarnos, estamos perdiendo tiempo —increpaba el director Exean Romero a la asamblea—. Yo sé que están hastiados de tantas mentiras y embarques, pero no podemos dejarnos llevar por la rabia. Hay que pensar bien qué vamos a decir en esa reunión con los gremios y el Secretario de Educación. Si nos lanzamos a la huelga sin cumplir los requisitos mínimos que exige la ley no vamos a lograr nada. Al contrario, la opinión pública se nos puede echar encima...

—¿Qué propone usted, director? —gritó una voz en el auditorio—. Desde el año pasado están diciendo que van a pagar la deuda y nada, que esta quincena sí, que ahora no, que la próxima y así nos han tenido más de un año, ¡pura mamadera e’ gallo! ¿Hasta cuándo vamos a esperar?

—Oigan colegas, me interesa tanto como a ustedes que paguen, ¡estoy hasta aquí de deudas!, pero vamos a proceder como profesionales. No podemos permitir que se embochinche la protesta, si no estamos fregaos. La gente está pendiente de lo que hacemos, ustedes saben que este gobierno está jugando a ahorcar a los docentes y no es fácil hacer entrar en razón al ministro Cárdenas, ¡no se acuerda que antes que ministro fue maestro!

La asamblea aplaudió con desgano, mascullaban sospechas. Los pocos esperaban con atención una conclusión satisfactoria de parte del director Romero que empezaba a impacientarse y a sudar por la coronilla. Puso los lentes en la mesa, miró de soslayo a García, el subdirector, que tenía gesto de estreñido. Acercó la boca al micrófono:
—Les propongo que ustedes nombren tres representantes que me acompañen a esa reunión, luego serán ellos sean quienes informen de la situación y gestionen el conflicto junto a los delegados sindicales. Así estaremos bien informados de lo que suceda. ¿De acuerdo?

—¡Briceño! —propuso alguien y hubo un murmullo aprobatorio.

—¿Quién más? —dijo Romero y tosió.

—¡Azuaje! —se alzó la misma voz y se repitió el murmullo.

—¡Yo! —gritó un profesor alto y blanco en el centro del auditorio. La asamblea reventó en carcajadas pero tuvo el visto bueno.

—Está bien profesor Morales, viene con nosotros —respondió Exean Romero divertido, calzándose los lentes—. Buscamos primero los cheques y luego nos vamos a Las Thermas, ¿les parece? —la asamblea se puso de pie, aplaudieron la iniciativa aliviados del fastidio y se dispersaron como sonámbulos.
No te preocupéis tanto, Andreína, ser poli no es tan peligroso como la gente cree. Eso es en la televisión que los policías andan saltando cercas y esmollejao en los carros persiguiendo ladrones. Ve, ni El Precio del Deber se parece a la policía de verdad. Aquí todo es puro papeleo. Que si el serial de la pistola, que cuántas balas te dan, que los tiques pa’ la gasolina, que si la entrada, la salida, la novedad, el memo, la nómina, firma aquí, firma allá, papeles por todas partes y nada de acción. Si no, fijate, mañana cumplo quince días que salí a la calle y todavía no sé lo que es echar un tirito. Sí, ya sé que vos estáis asustada no te vaya a nacer el muchacho sin papá, pero tampoco es pa’ tanto, mija. Nadie se muere antes de la hora, ¿no creéis? Además, si trabajo en esto es porque la necesidad tiene cara de hereje, vos sabéis que lo mío son las computadoras, ¿no?; pa’ esa vaina me jodí cinco años en la universidad, pero ya veis, aquí no se consigue trabajo de lo que uno estudia y si no le echo pierna a lo que sale, vamos a estar mascando cable, ¡y eso sí que no!, el bebé del ingeniero Luis Gómez no se va a morir de hambre. Quedate tranquila, chica, quién quita que me llamen pronto de alguna petrolera y se nos arregle la vida. Acordate que yo metí papeles en todas esas empresas que entraron con la vaina de la apertura petrolera, así que algo tiene que caer, tarde o temprano, pero hay que tener fe, no hay que desesperar. Un compañero mío consiguió trabajo en la Halliburton y ya tiene carro nuevo y casa, eso sí, tuvo que mudarse a la Costa Oriental. Ahora, cuando eso nos pase, supongo que no te vais a llevar a tu madre, ¿verdad? Está bien, mi amor, llevátela si queréis, así nos ayuda a cuidar el bebé y la ponemos a que haga los oficios, nos ahorramos la cachifa. De pronto tenéis razón de cargar con ella, porque si me mandan a Chicago pa’ que haga un curso de inglés o pa’ un posgrado en Alemania, te sirve de compañía, al menos. ¿No te gusta? ¿Mejor que siga de policía? La barriga te tiene loca, no te entiendo, no, no, dejame hablar, lo que te quiero decir es que no te conformáis con nada, primero que no te gusta que sea tombo, ahora no queréis que trabaje en una petrolera, ¿qué te pasa?, bueno, no sé, decime vos, yo no hallo qué pensar, vamos a ver si cuando nazca el bebé te pasan esas complicaciones, sino me vais a volver loco, mija. ¿Ahora te vais a poner a llorar? Andreína, por favor, no veis que eso te cae mal, el carajito se va a enfermar y ahí sí que la ponéis, coño. Está bien, chica, vamos a ir haciendo las cosas poco a poco. Yo te juro, por mi madre, que antes de tomar una decisión te la consulto, ¿te parece?, ¿okey? ¡Pero Andreína dejá la lloradera! ¿No te provoca comer algo, no sé, cualquier cosa? ¡Un níspero!, ¿de dónde coño saco uno a esta hora?

—Mañana tengo que hacer una asamblea, hay un grupito de profesores que quieren huelga sin meter el pliego conflictivo en la Inspectoría del Trabajo y están convenciendo a los demás, así que mejor corto eso por lo sano. Vos sabéis, Annuska, como son las vainas cuando se mete la política, imaginate que la prensa saque que el Marcial Hernández se puso en huelga solo, van a decir que el director es un loco o un estúpido al que nadie le hace caso. Y esa molleja no me la calo. Por cierto, Annuska, ¿dónde están los muchachos que no los he visto? ¡En el cine! ¿Y qué fueron a ver? Daylight, ¿qué es eso? ¡Ah, la película nueva de Stallone! ¿En el Metro, no?, ¿por qué más?, uno tiene que saber qué carrizo van a ver los muchachos. Hablando de todo, Annuska, ¿compraste el Kino?, ¡son doscientos millones!, imagináis que nos saquemos esa vaina. Botamos el pote y nos compramos dos naves último modelo, un apartamento bien grande y nos vamos de vacaciones pa’ Miami… ¿no?, ¿y pa’ dónde? ¡España! Bueno, también sirve, pero nos vamos de este monte por dos meses. Después nos metemos en Fin de Siglo y nos compramos todo nuevecito… ¿ por qué dejaste que fueran a función de nueve?, ¿con quién se van a venir? ¿Con Oscar? No, está bien, sino que me parece raro que Oscar se haya animado a ir al cine con ellos... Prendé el televisor y ponéis el trece pa’ ver el noticiero:

Frank Sinatra sufrió un infarto. El cantante y actor de setentiún años está en una habitación del Centro Médico Cedars-Sinai y no en la unidad de cuidados intensivos como se había informado.


 
»Pasame el control, Annuska, que este noticiero está terminando, sí, voy a poner El Observador:
Sancionarán a médicos que no acaten llamado a atender emergencias, afirmó el presidente encargado de la Federación Médica Venezolana… Un sujeto solitario provocó gran alarma en las oficinas de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos en Caracas, luego que secuestrara a dos secretarias de nacionalidad peruana… La Tripartita delineó parámetros de nuevo marco de salarios y prestaciones…



 
»¡Coño, este Teodoro va a terminar quitándonos los churupos! Que por qué lo digo, ¿es que no estáis oyendo? Van a eliminar las prestaciones y pa’ colmo no quieren aumentar los sueldos. ¿Quién iba a imaginar que Petkoff nos iba a echar esa verga? ¡Me acordáis de volver a votar por el MAS! ¿No ha llamado el compadre, todavía?, ¡qué molleja, Annuska, no pensabas decirme?, ¿qué dijo?, ¿Black Sugar en la quinta?, ¡pero si es un burro!, esa la gana Kalinin, va a perder la plata el compadre… ¿Pero qué tanto jurungáis, mujer? Vení, acostate… ¿ah?, bueno, si tanto queréis, véngase, rapidito antes de que lleguen los muchachos.

—¿Cómo creéis que quedo cuando te vais de policía? No puedo dejar de pensar que en cualquier momento llaman pa’ decirme que te moriste. No es solamente por el bebé, también por nosotros, ¿no nos queremos, pues? Claro que lo he pensado, Luis: señora Gómez, su esposo murió cumpliendo con el deber ¿Orgullosa?, cómo no, seguí creyendo, arrechísima es que me pongo, que así muerto te caigo a coñazo. Es que no puedo concebir que después de quemarte las pestañas por un título te guste ese trabajo. Mejor no hablemos más, ojalá llamen pronto de alguna petrolera, sino yo misma voy a pedirle el favorcito a Caldera…

—Hoy fui al Ipasme por el dolor en las piernas y ¿sabes pa’ cuando me dieron cita?, ¡marzo!, primero te mueres y después te atienden. ¡Que vaya al Universitario! No, mijo, voy a tener que buscar una clínica. Sí, ya sé que tenemos que ahorrar pa’ la computadora, pero es peor que me dé una cosa por no verme a tiempo. Seguí creyendo que con caballos y Kinos vamos a salir de abajo. El que juega por necesidad pierde por obligación. No, esos no son refranes de mami, es la ley de la vida, pero te cuesta entender. Ve pensando un negocio pa’ librarnos de quince y último, no podemos esperar a que el gobierno arregle este país. Ya los políticos cogieron lo suyo ahora tenemos que ver cómo nos las arreglamos… ¿A qué hora llegan los muchachos?, no me cambies el tema, vivito, ¡ah no!, ¿qué estás haciendo? Bueno, vamos a dejarlo hasta ahí… Los muchachos llegan como a las once y media, si quieres te acuestas, yo los espero. No, ya no, se me quitaron las ganas de todo. Tengo rabia…

—Vamos hasta el Udón Pérez —dijo Romero cuando abordaron su viejo Granada marrón—. Es posible que Contreras esté allí y me interesa hablar con él.

—¿Usted da clases allí, profe? —interrogó Morales.

—Sí. Tengo unas horitas pa’ redondear, usted sabe, pero ni así alcanza.

—Habrá que meterse a narco —ripostó García, muerto de risa.

—No se ría, García, que con tanta pelazón no se extrañe que un día se caiga en tentación —respondió Briceño quejumbroso.

—Ayer, mi hijo mayor preguntó cuál carrera me parecía mejor. Yo le dije que cualquiera era buena si le gustaba, menos educación.

—Está bien que le haya aconsejado eso, Azuaje. Si no les parece, ahí tienen la miseria que nos pagaron de aguinaldo —dijo Briceño, rabioso.

—Y con las vacaciones te vais pa’ Disneylandia, ¿oíste Romero?, je, je, je —exclamó Azuaje burlón.

—El gobierno pide que nos sacrifiquemos, pero no se baja de la mula. Ahí tienen a los diputados de la Asamblea y los Concejales, vayan a ver cuánto sacaron de fin de año los ladrones esos —dijo Romero resentido y paró el carro en el estacionamiento del Udón Pérez—. Ya vuelvo, colegas, unos segundos nomás.

—¿Por qué tanto empeño en hablar con Contreras, profe? ―dijo Morales.

—Pa’ que pongan en agenda el problema de los interinos, si no me colapsa el liceo.

El director Romero entró al Udón Pérez y en pocos minutos estuvo de vuelta:
—Están en Las Thermas, aquí no hay nadie. Vámonos pa´llá, dejemos los cheques pa’ la tarde, ¿les parece?

—Usted manda, profe ―dijo morales por todos.

Exean encendió el Granada y cogió camino a la sede del sindicato en Las Thermas.

—Métase por Santa Lucía, profe, así cortamos trecho —sugirió Azuaje al advertir que Exean confundió el camino.

—Está seguro que sabe la ruta por aquí, yo estoy perdido.

—Tranquilo, profe, en esa esquina dobla a la izquierda y tomamos la Venecia que sale al Milagro. De todas formas nos pasamos, así que tenemos que regresar y subir por el colegio de las monjas.

—¿Cuál es ese, Briceño?

—Nuestra Señora de Lourdes —dijo Azuaje distraído.

—Creo que sí —dijo Exean doblando a la izquierda para abandonar la avenida Bella Vista.

Nos vamos a dar de frente con los desgraciados, Aveledo, ¿por qué?, no sé compañero, un pálpito…

Andreína salió a la calle a esperar el taxi, con suerte llegaría a tiempo de no perder la consulta en el Materno. Cada vez se le hacía más pesado tener que ir de un sitio a otro, Luis debería aprovechar la patrulla y darle el aventón, ¡diosito, parezco una tonina!, pensaba regodeándose frente al espejo.
—Esta es la calle Venecia, profe —le dijo Azuaje a Exean—. Vaya despacio que por aquí los carajitos se atraviesan de pronto. Además, no me acuerdo muy bien en dónde es el cruce.

Hay que estar mosca, Aveledo, esos coños pueden cambiar de carro y nos joden. El otro, riéndose: ¡pero si Gómez salió un James Bond, carajo!, ¿vos como que creéis que los malandros de por aquí son muy sofisticaos? Ve, son tan cachazuos, que nos pasan por un lado y nos dicen adiós.
¡Como sea, Aveledo, hay que estar pila, nos pueden joder por pendejos!

Annuska pidió al chofer del porpuesto de Ziruma que la dejara frente al Colegio de Abogados. Pensaba que al terminar la facultad ya no sería más la secretaria de Honorarios Mínimos, sino un reluciente miembro activo del gremio, entonces llegaría en un carro grande y negro. Pero hoy, como en los últimos diez años, se encerraría en su oficina y atendería por taquilla con su cara rebosando de amabilidad.

—¡Está oyendo, profe Exean! —dijo Briceño, asustado—. Se están cayendo a plomo aquí cerca. Mejor vaya despacio, no vayamos a quedar en medio de la balacera.

—¿Oye el corazón del bebé, señora Gómez? Es perfecto.

—¿Cómo estás, Annuska? —saludó un abogado veterano en pleitos mercantiles—. ¿Cuándo te gradúas, por fin? ¿Sí?, el año que viene. Bien, pronto seremos colegas. Me alegra... Mira, ¿salieron los últimos honorarios? ¿Todavía?

Tranquilo Gómez, dejá los nervios. Esos andan por aquí cerca, ¿por dónde van a salir si la zona está rodeada? ¡Cambiando de carro, Aveledo!, lo estoy diciendo, pero no hacéis caso. Vamos a bajar por la calle Venecia, Gómez, por ahí se pueden esconder, hay que mirar bien las casas, ¿entendido? Dale, Aveledo, que el tiempo es oro.
—Ya está en la última semana, señora Gómez, como es primeriza tiene que estar atenta con los dolores. Mantenga la dieta, eso la va a ayudar mucho.
—Annuska, te llama tu bebé —dijo una compañera de contabilidad.

—¿Qué fue, papi, estás en la escuela? —dijo Annuska contestando el teléfono—.Sí, hijo, yo le dije a tu papá que tienes juego esta tarde, no te preocupes. Chao, papi —colgó y saludó a los empleados de contabilidad que escuchaban divertidos— ¿Y ustedes cómo están?

—¿Te tiene a monte el chamo? —dijo alguien riéndose.

—Sí, desde que tienen esas tarjetas de Cantv estamos fritos.
Okey, Gómez, estamos en la Venecia, abrí bien los ojos y la pistola lista. Te estáis poniendo mamón, Aveledo. ¡Pero bueno, compañero, usted no quería acción! Dejá de hablar gúevonadas y ponete mosca… Mirá ese Granada marrón, está sospechoso, ¿no?

Ahora si tenéis razón, Gómez, hay cuatro tipos dentro si no me equivoco, ¿los véis?, con esos vidrios ahumados no se ve nada. Vamos a ordenarle que paren, dale a la sirena pa’ que entiendan.

—¡Epa, profe, nos está mandando a parar esa patrulla de atrás! Mejor saque sus papeles, ¿están en orden?

—Por supuesto —respondió Exean mirando por el retrovisor.

Tranquilo, Gómez, dejá los nervios.

Andá vos por la izquierda, quitale el seguro a la pistola y llevala apuntando al piso.

No crean que sean los malos, se habrían dado a la fuga o nos estarían echando tiros, ¿me estáis oyendo, Gómez?

Aveledo y Gómez caminaron despacio hacia el Granada. Gómez a la izquierda. Aveledo a la derecha. Briceño y Azuaje, que iban en la parte de atrás, observaron la cautela con que se aproximaban los municipales.

Deben estar buscando a alguien, dijo Morales, sentado adelante sin dejar de ponerse nervioso.

Será mejor que me asome, si no van a creer que nos estamos escondiendo, murmuró Exean con los ojos pegados al retrovisor. Entonces se ladeó, ligeramente, y sacó su cartera para tener los documentos a mano. Como pudo, se inclinó buscando la forma de asomarse por la ventanilla del carro. Aveledo sentía un susto rutinario, pero le causaba risa ver el miedo que se había apoderado de Gómez. Recordó sus primeros días de servicio, hasta un tiro que se le fue y le rozó la pantorrilla. Gómez sudaba, los chorros empapaban el quepis, la franelilla y el uniforme. Sentía el gatillo resbaloso, pensaba que si debía disparar se le podía a caer el arma, lo matarían como le había profetizado Andreína. Por precaución palpó mejor el gatillo y sostuvo con más fuerza la pistola. Pensó en cómo debía abordar al sospechoso, qué cosa debía decir, después de todo a él le tocaría hacerlo. Recordó a los policías de camino en las películas gringas y ensayó mentalmente el parlamento: «Buenos días, ciudadano, me permite su identificación, por favor» o no, quizás con decir «papeles, ciudadano», o «papeles, por favor» sería suficiente.

Exean se afincó en el descansillo del brazo de la puerta y luego en el borde de la ventanilla para salir al paso del policía que se acercaba.

Gómez vio el movimiento del oscuro contorno de Exean a través de los vidrios ahumados y se aferró aún más a su pistola. Finalmente, Exean sacó la cabeza y el pecho para que pudieran verlo mejor. Apenas tuvo tiempo de advertir el rostro de Gómez. Su gesto de sorpresa se desdibujó en un instante y vio la mueca de inconformidad de Annuska de la noche anterior: que si los reales pa’ la clínica, que debes buscar al bebé para el beisbol mañana por la tarde… ¿ahora cómo la van a pasar esos muchachos? Recordó cosas, eso le asustó: Annuska vestida de novia, los paseos por 5 de Julio, los besos robados, los juegos de bowling, la primera barriga, la segunda, las funciones de matiné en el Roxi los fines de semana, los actos culturales del colegio, ¡el San Nicolás de los regalos! Sí, los finales nos ponen cursi, lo sé, pensó, pero a uno lo atraganta el pasado… Lo invadió un cansancio cósmico.

La calle se llenó de gente conocida. Una repentina ráfaga de lucidez lo estremeció, quedaba poco tiempo, buscó la imagen de Annuska y los muchachos. Inexplicablemente se hizo de noche. La oscurana envolvió todo. Advirtió que Morales, Azuaje y Briceño decían algo, pero no escuchaba nada, estaba dentro de una enorme piscina y todo era negro en derredor. No fue capaz de controlar el sueño. Se abandonó finalmente.

Nadie pudo explicar qué ocurrió en la calle Venecia esa mañana.




Bella Vista, 2010

Norberto José Olivar nació en Maracaibo en 1964. Es egresado en Historia y profesor universitario. Ha publicado Los guerreros (Secretaría de Cultura, 1999), El misterioso caso de Agustín Baralt (Fundación LMM, 2000), El hombre de la Atlántida (Comala, 2003), La ciudad y los herejes (UNICA, 2004), La conserva negra (Rojo y Negro, 2004), Morirse es una fiesta (Rojo y Negro, 2005), El fantasma de la Caballero (Rojo y Negro, 2006), Monsieur Ismael en la antología Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (Alfaguara, 2006), Un Cuento de piratas (Rojo y Negro, 2007), Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, Premio de la Crítica a la novela 2008 y Premio Municipal de Novela 2010), Cadáver exquisito (Alfaguara, 2010, finalista del Premio Rómulo Gallegos 2011). También en 2011 obtuvo el VI Premio Internacional de Relato de Radio Exterior de España con Odio a las iguanas, incluido en la antología El hombre que se ríe de todo (ediciones Irreverentes, España, 2011), además recibió Mención Especial en el 66 Concurso Anual de Cuentos de El Nacional por Historia natural del fracaso y publicó El príncipe negro. Notas de un hombre lobo con la editorial Lugar Común /Relectura.


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